Los expertos en salud pública llevan años advirtiendo que la crisis de opioides no puede analizarse separada de la salud mental. En muchos casos, el consumo problemático ocurre en contextos marcados por ansiedad, depresión, trauma, duelo, estrés crónico o inestabilidad emocional.
Esta relación no significa que toda persona con un diagnóstico de salud mental desarrollará un trastorno por uso de opioides, pero sí confirma que las vulnerabilidades emocionales pueden aumentar el riesgo cuando no hay apoyo adecuado.
En Puerto Rico, donde muchas comunidades han enfrentado eventos acumulativos de estrés social, económico y emocional, la conexión entre salud mental y sustancias adquiere un peso aún mayor. La respuesta no debe fragmentarse.
Atender el problema de opioides sin mirar el estado emocional, las redes de apoyo y el acceso a servicios de salud mental es dejar incompleta la intervención. La recuperación real requiere mirar a la persona entera, no solo la sustancia.

