
Las palabras pueden acercar a una persona a la ayuda o empujarla al silencio. Cuando se habla de opioides, el estigma puede convertirse en una barrera tan peligrosa como la falta de información.
Llamar a alguien “adicto”, “tecatito”, “vicioso” o “caso perdido” no ayuda a que busque tratamiento. Al contrario, puede aumentar la vergüenza, el aislamiento y el miedo a pedir apoyo. El lenguaje debe enfocarse en la persona, no en la etiqueta: persona con trastorno por uso de sustancias, persona en recuperación, sobreviviente de sobredosis.
El Departamento de Salud de Puerto Rico plantea que sus estrategias buscan atender necesidades, reducir el estigma y preservar vidas. Además, reconoce que el trastorno por uso de sustancias es una condición crónica de salud que afecta el funcionamiento físico, neurocognitivo y social.
El estigma también puede afectar a las familias. Padres, parejas, hijos y amistades pueden sentir culpa o vergüenza, y por eso evitan buscar ayuda. Pero el silencio no protege. La información sí.
SAMHSA reconoce que el trastorno por uso de opioides puede tratarse con medicamentos aprobados por la FDA, como metadona, naltrexona y buprenorfina, junto con otras estrategias y servicios necesarios para apoyar la recuperación. Cambiar el lenguaje no es suavizar el problema. Es tratarlo con más precisión y humanidad. Nadie se recupera mejor porque lo humillen. Las personas se acercan a la ayuda cuando sienten que todavía son vistas como personas.
